INCIDENCIAS

 


INCIDENCIAS


Según la RAE, el término alude a cualquier acontecimiento que surge en relación con un asunto o ámbito concreto o particular, donde existe una conexión que lo vincula, influyendo o repercutiendo en su desarrollo.

La propuesta de Paolo Vigo en ese sentido, podría articularse como una narrativa que examina la interacción del ser humano con el medio ambiente, posicionándolo como un agente transgresor que evidencia el impacto negativo de sus acciones sobre los ecosistemas. Este enfoque resalta cómo la actividad humana, desde la contaminación, el derrame, la emisión de gases tóxicos y la explotación desmedida de recursos hasta el cambio climático, perturba de manera irreversible el equilibrio natural, en el que se ve afectado la propia humanidad. 

Sin embargo, también sugiere la posibilidad de encontrar en esta destrucción un punto de inflexión para reflexionar sobre la regeneración y asumir una responsabilidad colectiva que impulse la preservación del planeta. En este sentido, su posición se transforma en un acto político de conciencia y compromiso.

Los personajes representados en sus pinturas, en los últimos tiempos, carecen de una identidad específica y parecen extraídos de un proyecto futurista de diseño: perfectos, andróginos y de piel casi pálida. Estas figuras proyectan un futuro inquietante donde el ser humano parece asumir el rol de humanoide, un ser producido en serie que desdibuja los límites entre lo orgánico y lo artificial. Su representación plantea profundas interrogantes sobre la esencia y el destino de la humanidad, vislumbrando un horizonte no tan distante en el que el frenesí por un mundo cada vez más industrializado y consumista ha dado lugar a una sociedad profundamente artificial. En este escenario, la lógica del absurdo se instala como el motor de una existencia desprovista de autenticidad, cuestionando el significado de lo humano en un entorno de plástico y simulacro.

Por otro lado, las intervenciones parciales que Vigo incorpora sobre las cabezas de sus personajes, mediante casas idealizadas con techos a dos aguas que funcionan como tocado-antifaz, ocultan parte del rostro, camuflando o silenciando deliberadamente su identidad. Esta estrategia artística refuerza la idea de un ocultamiento, ya sea impuesto por fuerzas externas o autoimpuesto como mecanismo de protección, y pone de relieve la fragilidad inherente de la existencia humana. Esta decisión sugiere una tensión sobre la incertidumbre de los tiempos actuales y la tendencia a ocultar o modificar nuestras percepciones y narrativas como un acto necesario del resguardo. 

El antifaz actúa como un filtro que altera la conexión entre la identidad interna y su representación externa, explorando la dualidad entre lo que decidimos mostrar y lo que preferimos ocultar en nuestras relaciones personales y sociales. Sin embargo, al adoptar una identidad encubierta, se genera un espacio de ambigüedad que desdibuja los límites entre lo auténtico y lo fabricado, profundizando en la complejidad y fragilidad de las múltiples capas de la identidad humana y cómo la percepción y el autoconcepto se moldean en función de las dinámicas sociales, culturales y políticas.

Pero además, en muchas de estos retratos van acompañados de pinturas que nos habla de un expresionismo abstracto que ha corroído la visibilidad de la imagen, desapareciéndola totalmente, quedando ciertos elementos expuestos a un reconocimiento generado por un efecto visual el cual sugiere un juego nemotécnico subjetivo. 

Ya este juego de descomposición como proceso consciente, al lado de algún retrato, plantea como en su exposición titulada "Fragmentos y disipaciones en un contexto de desolación" del año 2021, reflexiones acerca de la fragilidad y el desgaste a través de técnicas como la encáustica y el empleo del mármol natural como punto referencial, procesos insipirados en su experiencia personal durante la pandemia, cuyos trabajos de algún modo reflejaban situaciones de angustia y disolución, producto del aislamiento colectivo. 

En este caso, estos procesos de abstracción se orientan hacia una reflexión sobre las reacciones de descomposición de la realidad, generadas por la modernidad y exacerbadas en esta posmodernidad de cambios abruptos. Este deterioro que avanza desordenadamente entre el entorno natural o semi natural,  andino, amazónico y urbano, se intensifica de manera progresiva y peligrosa, afectando recursos esenciales y exacerbando el cambio climático global. Este proceso evidencia tensiones y conflictos inherentes a una transición caótica que, bajo una aparente racionalidad, resulta profundamente asimétrica y brutal. A pesar de las claras y alarmantes consecuencias de las que somos testigos, nuestras políticas continúan  siendo insensibles: sordas a las advertencias científicas, ciegas ante las evidencias del deterioro, y mudas frente a la urgencia de tomar acciones decisivas, perpetuando un ciclo de degradación que amenaza tanto los ecosistemas como la calidad de vida de las generaciones presentes y futuras.

En este contexto, la obra de Paolo Vigo se despliega como espacio de reflexión desde la pintura, a través de su lenguaje visual que combina abstracción y simbolismo, permitiéndose confrontar las fracturas del presente, haciendo visibles los procesos de desgaste tanto en el paisaje como en el ser humano. Vigo aporta una reflexión crítica y estética que trasciende lo meramente representacional, proponiendo una narrativa que invita a cuestionar nuestra relación con el entorno y las dinámicas sociales que perpetúan el deterioro. Su obra no solo documenta la fragilidad de la existencia contemporánea, sino que también la convierte en un llamado a la introspección y al cambio colectivo.


Juan Peralta Berríos

Crítico y curador



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